martes, 7 de febrero de 2012

AGUA

Lleva esperando toda la mañana sin resultado. Junto al río, bajo un árbol, la caña asegurada en la orilla, el sedal en el agua. Lleva toda la mañana, y ningún pez ha picado todavía. Pero no importa, no hay prisa. La pesca es un pretexto para estar allí, con la sombra moteada de las ramas, las moscas zumbando, alguna libélula que pasa, el reflejo del sol en el agua.

Está casi dormido cuando nota la ligera sacudida. Abre los ojos, mira el sedal que se tensa, como su atención. Agarra la caña, aguanta firme la pelea contra su voluntad que se desarrolla un poco más allá, en el agua, hasta que el pez se rinde. Recoge el sedal, con la misma sensación de placer que le acomete siempre cuando consigue una presa. Enganchada al cebo, ya fuera del agua, la trucha se agita, intentando liberarse. La acerca a él, la agarra, a pesar de su resistencia y desprende el anzuelo con suavidad, sintiendo el latido furioso de la vida entre sus dedos. Mira un momento el brillo irisado, y con una sonrisa satisfecha arroja a su presa en el zurrón.

Una vez cumplido el objetivo, le da pereza seguir allí. Hace calor, será mejor ir hasta el pueblo, tomar un vaso de vino, comer algo. Recoge la caña y se cuelga el zurrón, sintiendo los coletazos del pez contra su espalda. Sí que era fuerte, no parece haberse agotado, a pesar de que lleva ya un rato fuera del agua. Da media vuelta para dirigirse al camino y entonces el movimiento se hace más fuerte, oye un chapoteo, el zurrón ya no pesa. Ve una rápida estela en el río, que termina en una roca de la orilla opuesta, bajo unos arbustos. Desde allí, una niña desnuda, chorreando agua, le observa con expresión ofendida. 


¿De dónde ha salido? Vuelve a mirar, extrañado, pero ya sólo distingue el brillo del sol en la piedra, el movimiento de las ramas que acarician la corriente.

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